No hay línea de llegada.

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Foto: Piolo Juvera

Cuando se emprende el viaje del auto-conocimiento y de hacer las cosas de manera que te sientas mejor, no hay línea final. No hay ningún lugar al que se deba llegar, desde donde todo será lúcido, pacífico y alegre. La sensación de paz y lucidez es alcanzable, pero se trata de un ejercicio diario, eterno.

A veces, después de descubrir algo nuevo sobre nosotros o cuando encontramos algo que nos acerca a esas sensaciones de bienestar, pensamos que ya está, que lo hemos descubierto y que ahora desde esa posición de triunfo podremos marcar el camino y enseñárselo a otros.

La verdad es que todos estamos en la misma situación, tanto el que lleva años en el camino espiritual o de crecimiento personal, como el que acaba de empezar; todos tenemos los mismos retos y dificultades. El que lleva años en esto, con suerte ya sabe que aquellos “trucos” que descubrió son en realidad ejercicios que deben practicarse diario. Y que a cada rato vendrán retos más difíciles y oportunidades para seguir entrenando aquello que le acerca a su bienestar.

Así que cuidado con los consejos, (suelen ofender más al aconsejado que ser de utilidad) y finalmente todos estamos en la misma lucha, nadie se encuentra en un lugar superior a otro, solamente más entrenado. Y aquellos que estén más avanzados, compartirán su luz, siendo luminosos. Al enfocarnos en nuestra propia luz los demás se sentirán con ganas de trabajar en la suya y esa es la mejor forma de contagiarnos de bienestar.

Shine, shine on.

 


There is no finish line.

When you start working on your self-knowledge and finding ways to feel better there is no finish line, no place to get to where you will find clarity, peace and happiness. Although those feelings do exist, you can get them throughout every day work. And by every day I mean it´s like exercising, as soon as you leave training what took you months to accomplished will vanish in a couple of weeks.

Sometimes on this journey we get a big ´aha moment´ about ourselves on ways to feel good or to be center and we think that now we got the path and we can lead the way for ourselves and others. The truth is we are all in the same trail. The ones who have been on this for years and the ones just starting are facing the same challenges and have the same difficulties. Those who are more advanced hopefully already know that life will always send new challenges to keep working on your growth and that this is an everyday exercise.

So there´s no need to give advice, they´re usually mistaken and serve little to their purpose. We are all in the same struggle; no one is in a higher level than anybody else, just more trained maybe. And those who are more advanced will share their light by shining bright. When we focus on our own light others get compelled to work on their own and this is how wellbeing gets spread.

So shine baby, shine on.

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Photo credit: Piolo Juvera

 

 


 

To small talk or not to small talk?

 

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Foto: Piolo Juvera

Soy antipática, sí soy bastante antipática en cuanto a hablar con extraños se trata. Me da pereza el ¨small talk¨ o la conversación forzada que usualmente se retuerce en los mismas frivolidades de siempre. No se dan una idea de cuantas veces he contestado las mismas tres preguntas: ¿De dónde eres?, ¿cuánto tiempo llevas en México? y ¿a qué te dedicas? Y lo peor es que casi siempre van acompañadas de los mismos: ¡Argentina! ¡Che boluda!; uh muchísimo, ya eres casi chilanga y; ¿modelo… y en qué has salido? La verdad es que las preguntas en sí no son molestas, pero cuando te las hacen al menos una vez por semana durante los últimos 15 años, se vuelve más que monótono; lo cual me ha hecho un poco renuente a las conversaciones casuales.

Ahora bien, aclaremos que el ¨small talk¨ tiene la potencialidad de convertirse en una gran cosa, cuando sueltas un par de palabras y se contestan con originalidad o ingenio se abre una puerta y detrás de ella te puedes encontrar con una nueva gran amistad.

Así conocí a mi amiga Claudia, (y si me pongo a pensarlo bien, probablemente a todos mis amigos). Ella y yo parecíamos no tener nada que ver y presumo que el interés que la motivó a acercarse a mí no fue nada desinteresado. Sin embargo, ese interés se desintegró cuando empezamos a conversar y pasó a ser algo mucho mejor.

Recuerdo muy bien que aquella vez estábamos en el concierto de una banda uruguaya que se llama ¨Cuarteto de nos¨, yo no los conocía y era la primera vez que escuchaba sus canciones. Estaban tocando una canción que me parecía de lo más original pero que todavía no sabía si me gustaba o era demasiado directamente hater para mí, se llama: ¨Mi lista negra¨ (ahí está el link por si quieren escucharla)

Entonces para romper con mi incomodidad, me voltee con Claudia y le pregunté si tenía a alguien en su lista negra, me dijo que sí y yo respondí rápidamente que yo también, a una persona. Ella con sorpresa y picardía contestó que solo bastaba que se le cerraran en el tráfico para entrar en la suya. Nos reímos y así empezó una gran amistad que tenemos hasta hoy.

Claudia es una persona original, elocuente y culta; pero yo nunca me hubiera dado cuenta de eso si no hubiera hecho ese intento de conversación, si no me hubiera abierto a la oportunidad de conocerla y a la posibilidad de decepcionarme; por suerte no fue así. Por suerte todo empezó con un ¨small talk¨ y continuó con un ¨huge talk¨, es de esas amigas con las que puedes pasar horas hablando porque siempre hay ideas, pensamientos y reflexiones para compartir y pin-ponear.

Y desde entonces tengo un pequeño recordatorio, vale la pena hacer el intento y a cada persona nueva que conozco le pregunto a cuánta gente tiene en su lista negra; ja ja nah… pero lo que sí hago es que me doy más oportunidad de conocer gente, aunque a veces no resulte afín, sé que cada tanto existe la posibilidad de que surja una nueva querida amistad.

 

P. D.: La mejor canción del Cuarteto, para mi gusto, es «No llora» (Se me cayó alguna lagrimita cuando la escuché por primera vez.) ¡No se la pierdan!


 

Madres felices, la semilla de un futuro mejor.

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Ayer estaba en el súper, en la línea de cajas y había una revista que versaba: “Niños felices, la semilla del futuro” o algo más o menos así. Me llamó muchísimo la atención porque estoy muy en desacuerdo con esa proposición.

Los niños son felices por default, eso puede cambiar si se les hace algo malo o si pasan por la pérdida de algún familiar; pero naturalmente los niños son alegres. Es bueno que sean felices, claro; pero no puede ser el único parámetro para considerar que se está cumpliendo como padre. Porque entonces podemos caer en la confusión de darle todo lo que creemos que le hará feliz, ya sea porque es lo que nos faltó a nosotros o porque es lo que otros tienen.

Por ejemplo, si nosotros venimos de una educación estricta y eso nos causó dolor pensamos que debemos ser mucho más permisivos con la siguiente generación pero la realidad es que no necesariamente le estamos haciendo un bien. Lo que te hizo falta a ti, probablemente no es lo mismo que le hace falta a tu hijo. Ustedes son seres distintos, con distintas personalidades y diferentes caminos en la vida. Por eso es que no se pueden enmendar los errores de nuestros padres hacia nosotros con nuestros hijos.

Cuando pienso en los errores que cometieron mis papás o los papás de mis amigos veo que todo se reduce a una situación en la que los padres no estaban bien anímicamente. Ya sea porque tenían problemas laborales, económicos, sentimentales; en cada caso había algo que les impedía estar cien por ciento presentes. Ahí fue cuando la noticia de que su hijo necesitaba algo se les pasó sin notarlo.

Es por eso que creo que el mejor regalo que se les puede dar a los peques es ser un papá y una mamá felices, estar bien contigo mismo te permitirá derrochar amor, cuidados y atención; porque solamente cuando nos sentimos bien estamos 100% presentes, totalmente alertas, viviendo el momento actual con intensidad. Es ahí donde pasan las cosas, es ahí donde los niños crecen y es únicamente ahí donde se puede ser buen padre.

Con todo mi amor, para los papás y mamás del mundo, para los que se esfuerzan hasta el último respiro para que a su peque no le falte nada, para los aman, procuran y cuidan de alguien; para todos ustedes mando la invitación de mirarse hacia dentro, de quererse, cuidarse y apapacharse (consentirse) porque se lo merecen y porque aunque parece egoísta en realidad le estarán haciendo un bien a sus seres queridos.

Cuando tú estás bien el amor se te desborda.

Con cariño, feliz día, mamá.

 


La mala compañía es como el colesterol.

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Déjenme explicarles cómo llegué a esta conclusión hace unos días. ¿Se han puesto a pensar en que el cuerpo tiene una inmensa resistencia para con las sustancias tóxicas que le damos?

Durante años puedes comer kilos de grasas saturadas sin tener ningún problema, incluso manteniendo la condición delgada. Lo mismo con el cigarro o con el alcohol. Tu cuerpo soporta cantidades vastas casi sin darte el mínimo malestar.

Hasta que un día te enfermas, vas al médico y te dice que 100 grs más o menos de grasa en tu dieta, son la diferencia entre la vida y muerte. Que si sigues fumando no te quedará mucho tiempo de vida o que si sigues abusando del alcohol no verás crecer a tus hijos.

Eso es porque llegamos a un punto donde el cuerpo dice: hasta aquí, no te voy a echar más la mano. Y entonces, se enferma.

Lo mismo pasa con las enfermedades de carácter emocional, cuando tienes depresión, ansiedad, ataques de pánico; el cuerpo, a través de tu mente, te dice que algo estás haciendo mal.

Y en esos momentos de vulnerabilidad es cuando una mala compañía puede hacerte más daño que nunca. Es ahí cuando de repente, aunque toda la vida hayas estado rodeada de gente que no le aporta nada a tu existencia. Personas que cada vez que las ves te dejan con una sensación de soledad o de vacío. Gente que aprovecha tu compañía para desahogar todos sus problemas y los problemas del mundo contigo. Aunque siempre hayas convivido con gente así sin perjuicio aparente, cuando el cuerpo dice basta, esas amistades se pueden volver tan nocivas como un vaso de cerveza para un alcohólico.

De repente, elegir con quien compartir una tarde puede ser una decisión que repercuta en el bienestar de tu persona durante toda la semana.

¿Y qué hago si ya me di cuenta de que no quiero estar con ciertas personas pero tampoco quiero estar solo?

Bueno, cuando yo estuve en una situación así lo que me ayudó mucho fue unirme a una organización de beneficencia. Por un lado, porque las personas que se suman tienen en común el deseo de ayudar, de hacer y hacerse bien; y ya ese es un buen filtro. Por otro lado, ayudar a otra persona es una experiencia generadora de felicidad en sí misma, te obliga a salirte de la burbuja de tu día a día y mirar y atender al otro.

En donde sea que estés, seguramente hay organizaciones que estén armando planes de ayuda para tu comunidad. Solamente es cuestión de buscarle un poco. En CDMX te puedes acercar a Manos que Ayudan de El arte de vivir. (www.elartedevivir.mx)

La otra fórmula casi infalible es empezar un curso, hoy puedo ver que al menos tres de mis mejores amigas las conocí en la universidad. Pero si no estás en momento para un compromiso tan grande, te recomiendo mucho un curso que me consta por experiencia propia y por lo que he visto en otras personas; te cambia la visión sobre la vida. Aprender Impro te lleva, dentro de un ambiente incluyente, amigable y lúdico a ver cosas sobre ti mismo que de otra forma serían muy difíciles de ver. Relaja la mente y sobre todo te cagas de risa la mayor parte de la clase. No necesitas conocimientos previos y es para todas las edades, entra a www.improvisa.com.mx

Recuerda que en cada relación existe un intercambio de energía, tu aportas y también recibes del otro. Checa muy bien si lo que recibes es lo que quieres conservar, si te hace sentir bien, si te quedas con una sonrisa en el semblante o si te trae sentimientos positivos.

Con quien estás importa e importa mucho, por eso la fama del viejo refrán que decían las abuelitas: ¨Dime con quien andas y te diré quien eres¨

Fotos: Piolo Juvera
Texto: Milva Cobelli

 

¿La necesidad de aprobación te controla?

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¿Alguna vez se encontraron en un momento de su vida poco convencional y pensaron; ¡uff… esta escena sería emocionante en una película!?

Eso me pasó el otro día, yo salía de una cita con el dentista, estaba caminando por la calle cuando me llegó un mensaje felicitándome por algo que había hecho. Me reí, lloré y me volví a reír sorprendida por la emoción que me provocó.

Creo que hay dos puntos interesantes aquí; cuan profundo es el deseo de aprobación que tenemos y sobre cuantas personas lo tenemos, en mi caso son muy pocas.

Me di cuenta que mi deseo de aprobación se encuentra concentrado en tres personas solamente, por supuesto que es agradable que la gente aprecie tu trabajo o que varios de ustedes lean esta nota y les guste; claro que me encantaría tener más seguidores y más likes, pero el ¨me gusta¨ que mi corazón anhela, el que realmente me saca una lágrima y me hace parecer bipolar caminando por la calle, es mínimo en cantidad.

Y si lo conseguimos, todo bien; pero qué pasa cuando no.

Alguna vez escuché la frase, referente a los niños pequeños que dice: ¨me miras, luego existo¨ y hace referencia a la necesidad que tienen los niños de ser notados por sus padres, de compartir con ellos sus pequeños y grandes logros, y por recibir el reconocimiento y validación de sus progenitores.

Me miras, luego existo. ¿Porque qué pasa si existo pero no me ves? ¿Vale la pena hacer las cosas bien, o la desidia y el desapego se tornan más seductores?

Estamos tan acostumbrados a la frase ¨Soy una mejor persona por estar contigo¨ o ¨Tú sacas lo mejor de mí.¨ Son más expresiones de lo mismo, ese sentimiento de que si a esa persona especial le agrada, entonces vale la pena el esfuerzo de ser mejor, de llegar más lejos.

Y me pregunto si ese esfuerzo es sostenible, la lógica en mi cabeza indica que lo que uno hace debe ser para su propio orgullo y disfrute, sin esperar otro reconocimiento más que la satisfacción de seguir con lo que sus anhelos le indican. Pero en la práctica, que bien se siente ser notado.

¿Ustedes de cuántas personas anhelan aprobación?

Ojo, no es lo mismo que personas que te importan, puede haber muchas personas que te parezca importante lo que sienten por ti, a quienes quieras impresionar o gustar, muchas con quienes quieras quedar bien; pero creo que existe un grupo sobre los cuales eres especialmente susceptible a su aprobación.

Una vez que identifiques a esas personas y te encuentres en un momento clave de tu vida donde tengas que tomar una decisión importante, ya sea: renunciar al trabajo que mantienes desde hace diez años, aceptar esa chamba de freelance que siempre soñaste pero que no tiene sueldo fijo, divorciarte, empezar una nueva relación, decidir a qué escuela llevarás a tus hijos, etc. Pregúntate si la decisión que estás tomando se basa en tus propios deseos o si se encuentra subordinada a esta necesidad de aprobación. Así podrás tener el panorama más claro y sin importar cual sea el camino que escojas, saber exactamente por qué lo haces te dará una sensación de control y autonomía, aún cuando sea para lograr una palmadita en el hombro.

Tal vez no podamos conseguir siempre el reconocimiento que esperamos pero es muy probable que también tú seas esa persona importante para alguien más, y ahí sí que puedes hacer mucho. Sé agradecido, presta atención al esfuerzo que están haciendo las personas que te rodean, reconoce la valentía de quienes deciden intentar algo nuevo, apoya a quien te pida consejo, sé positivo. Y te aseguro que alguna vez, a lo mejor sin siquiera saberlo, le regalarás un momento emocionante a alguien, que le impulse a seguir adelante, que le de ánimos para ser mejor o que sienta un momento de alivio por saberse acompañado y todo eso puede pasar un día cualquiera, caminando por la calle, a la salida del dentista.

Gracias a Piolo por la enseñanza.


Más congelante que un copo de miedo.

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Todos en mayor o menor medida estamos familiarizados con el término psicosomático, que significa que las emociones se expresan a través del cuerpo en forma de enfermedades.

Ahora bien, pensando sobre la relación entre las emociones y su repercusión inconsciente en el cuerpo me llama mucho la atención el poder paralizante del miedo. (Claro que el hecho de no alcanzar tus objetivos nunca fue visto como una enfermedad pero bien podría serlo, sin duda puede llegar a ser un padecimiento crónico.)

Unos días atrás tuve una experiencia gráfica de lo que el miedo le hace al cuerpo y a la persona. Hace tiempo tenía la ilusión de aprender a esquiar, era algo que me habían recomendado con entusiasmo pero que nunca había tenido la oportunidad o la determinación de hacer y que por fortuna pude experimentar hace poco tiempo. Yo nunca había esquiado y no me considero habilidosa con las piernas, aprendí a andar en bicicleta ya siendo grande, nunca pude aprender a patinar en rollers y en hielo me he dado unos cuantos sentones; así que la incertidumbre de si podría lograr desplazarme sobre la nieve en patines era grande, y a juzgar por los antecedentes poco prometedora.

El primer día tomé una clase de jornada completa, el paso uno en la clase es ponerse los esquís, lo cual es relativamente sencillo, solo que mi bota terqueaba con no querer meterse en los seguros de los esquís, además de que tenía mucha dificultad frenando, me resbalaba, no podía subir la pendiente, fui la imagen humana más parecida a Goofie con patines que hayan visto. Varias veces tuve ganas de claudicar, me dije: ¨bueno, no pasa nada si no esquías, los lifts los puedes usar para subir a comer, disfrutar la vista o hacer angelitos de nieve. No hay nada de malo en reconocer tus limitaciones¨.

Pero por mi bien seguí y al final de la clase ya no me la estaba pasando tan mal, al menos ya no tenía ganas de llorar.

El mayor aprendizaje vino el día siguiente, resulta que cuando estamos con una persona muy cercana con quien tenemos una relación de intimidad somos más propensos a dejar que nos dominen nuestras emociones sin los filtros que solemos poner para con la gente con quienes tenemos menos confianza. Ese día iba con mi novio.

Estábamos en la misma zona donde había sido la clase anterior, yo ya la conocía bien así que tomé la magic carpet (una especie de cinta transportadora que te lleva hacia arriba de la loma) con toda seguridad y llegando a la parte donde apenas un día antes había esquiado, el miedo me inundó el cuerpo. Sentí que una fuerza me embargaba y me dejaba inmóvil, no podía bajar, no podía pensar claramente. Me saqué los esquís y sentí un gran alivio, le dije a mi novio que no podía hacerlo, que bajaría caminando. Él tratando de apoyarme me seguía hablando, no estoy segura de lo que dijo porque tampoco podía escucharlo. Le pedí que por favor se alejara. Necesitaba unos momentos para retomar el control de mi cuerpo, de mi mente y de mi miedo.

En mi vida he tenido miedo muchas veces, miedo a fallar, miedo a entrar en una relación cuando creo que me enamoraré perdidamente, miedo a estar sola, miedo a fallar (ya sé que lo estoy repitiendo, también lo hice en mi vida) y por primera vez tuve frente a mí sobre la ladera de la montaña la imagen gráfica de lo que el miedo me había hecho a lo largo de mi vida, en mi historia, en todos los momentos en los que la toma de una decisión quedó supeditada a ese pavor congelante, más congelante que el mismo hielo.

Ya lo sabía, todo el mundo te dice que el miedo es el peor consejero y tienen razón. Pero estar en un lugar relativamente seguro, acompañada de alguien querido y atestiguar que esa fuerza es superior a la de tu razón, me pareció mágicamente revelador.

Después de esos pocos o muchos minutos (no tuve noción exacta del tiempo) me sentí en paz y en control de mí misma, me volví a poner los esquís y bajé la montaña.

Aprender a esquiar fue de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, me sentía como niña que después de aventarse cincuenta clavados sigue queriendo jugar en la alberca y aunque se siente exhausta y le pesan las piernas sigue subiendo para tirarse otra vez.

Cuando dejas de temer, esquiar es maravilloso, así también lo es la vida.